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Marco y Amanda

Marco llega a casa. Estuvo todo el día fuera de su apartamento, tratando de distraer su atención en otras cosas para no pensar en Amanda, sin éxito. Es de noche y entre sus piernas no deja de asomarse el bulto de su sexo que se halla despierto y hambriento. Lleva años así, en una adolescencia interminable, siempre con ganas de más y mejores experiencias. La saciedad era palabra que no conocía, hasta que Amanda llegó a su vida, sin anunciarse, sin hacerse esperar. Ella llegó y cambiaría por completo el mundo de Marco.

Se conocieron, quizás, antes de todo tiempo, como si fueran del mismo núcleo, el molde perfecto, embonan sus formas de calce exacto a modo que, una vez dentro, no hay espacio, ni aire fresco; sólo lúbricos movimientos, preludio interminable de besos, mordidas, gemidos y gritos, y un final violento.

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Si fue hace tiempo o el pasado invierno, ni ella ni él lo saben; pero el momento del primer encuentro fue un binomio perfecto, de placer y sufrimiento. Como animales heridos, venidos de batallas perdidas, se encuentran y lamen las llagas, como queriendo regresar el tiempo al día de la inocencia perdida. No hay explicaciones, solo amor mezclado con sexo. Ella se entrega y él la domina, noche tras noche y al despuntar nuevo día; no hay tregua, no hay salida, sólo saliva, sudor y fluidos y un leve aroma a lujuria que termina por dominar el ambiente, sus corazones, sus pieles perfectas y sus mentes.

Marco no tiene noción del tiempo. Ha dejado a Amanda muerta de cansancio y él, con el cuerpo tenso, regresa a casa deseando el siguiente encuentro. No sabe si fue ayer o hace un siglo, el tiempo parece transcurrirle lento, muy lento, y siente que entre más bebe, termina más sediento.

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Sí, hay alguna o varias coincidencias entre Amanda y Marco; juntos suman más de cien vidas de experiencia en otros brazos, en varias piernas, nunca las mismas, siempre incompletas.

Algo faltaba en el rompecabezas, la vida simplemente les parecía un vago devenir de cama en cama, sin sueño tranquilo ni memoria, ni él ni ella. Amanda buscaba a ese hombre, que la escuchara, que la entendiera, que la amara como nadie, de la forma perfecta. Marco, en el vértigo de un sueño, se arrojaba a las redes de quien quisiera comerlo, arañas y bestias, reinas y princesas. Aún así, ella a las puertas de una habitación cambiante, y él a la entrada de nuevas piernas, dejaban la verdad de sus rostros escurrirse en la cloaca de la regadera. Vidas vacías, falsas agonías, la suerte del Argos, pero sin tocar nunca tierra. Hasta que el día llegara en que se cruzaron sus vidas.

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Ella lo llama y él se acerca, comienza el ritual de anunciar una batalla que terminaría en guerra, y asaltos salvajes se suceden uno a uno en diferentes frentes, se anudan los cuerpos y la respiración se acelera. El mar se cabrea, espumarajos violentos arroja la marea, la sal y el salitre inundan sus lenguas, no sopla el viento pero hay tempestad de tormenta.

Dos cuerpos sin vida yacen en la arena. Hubo un relámpago, seguido de un trueno, anunciando a la audiencia que soplaban otros aires, que por sus pieles correrían vientos nuevos. Sus ojos se encuentran, sus almas se conectan, no saben como, y ni siquiera interesa; el sexo de Marco y su peso dentro del de ella es el único argumento que necesitan para hacerlo otra vez. Estampas violentas de ataques y convulsiones, Amanda lo aprieta y una vez más, comienza la guerra.

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Han pasado los días y cada vez surgen formas nuevas para demostrar que en el amor se suman las experiencias, que todo fue bueno para llegar a este momento. Amar y ser amado, fornicar sin el menor reparo, con cualquier pretexto o sin él; se buscan, se huelen, se lamen; se baten en tratar inútilmente de recuperar el tiempo que han pasado sin haber realmente amado.

Ya no hay salida hasta el final de la vida, y él lo sabe.

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Marco coge sus llaves, arranca el auto, se aleja de Amanda que agita su mano al pasar el dueño de sus dulces encantos. Él llega a casa y se mete la mano, busca en su mente el recuerdo de Amanda, sudando y jadeando; despierta a la bestia que tanto ha esperado a encontrar a la bella que hiciera de cuatro paredes un palacio. Marco se toca pensando en Amanda, en sus dulces labios que se abren y lo van tragando, poco a poco, tramo a tramo, y en cómo mama el sexo de su amo.

Antes del final se detiene, golpea la mesa, respira profundo, se relaja y piensa que si no hay mal que por bien no venga, mañana a esta hora, vaciará su carga dentro de ella. Respira otra vez, lo guarda en su bolsa, todavía duro y grueso, se levanta de la mesa y se prepara un café, prende un cigarro y observa el techo; es entonces que piensa que la vida no es un azar, que en el fluir del tiempo existen incidencias exactas, a la medida, de las cuales es imposible escapar.

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