Marco llega a casa. Estuvo todo el día fuera de su apartamento, tratando de distraer su atención en otras cosas para no pensar en Amanda, sin éxito. Es de noche y entre sus piernas no deja de asomarse el bulto de su sexo que se halla despierto y hambriento. Lleva años así, en una adolescencia interminable, siempre con ganas de más y mejores experiencias. La saciedad era palabra que no conocía, hasta que Amanda llegó a su vida, sin anunciarse, sin hacerse esperar. Ella llegó y cambiaría por completo el mundo de Marco. Se conocieron, quizás, antes de todo tiempo, como si fueran del mismo núcleo, el molde perfecto, embonan sus formas de calce exacto a modo que, una vez dentro, no hay espacio, ni aire fresco; sólo lúbricos movimientos, preludio interminable de besos, mordidas, gemidos y gritos, y un final violento. -o- Si fue hace tiempo o el pasado invierno, ni ella ni él lo saben; pero el momento del primer encuentro fue un binomio perfecto, de placer y sufrimiento. Como animales her...