Nuestro héroe fue a la city.
Estaba buscando cierta mercancÃa que se habÃa agotado cerca de su piso, en L-18. Esa mañana habÃa salido con su traje recto azul marino, sus lustrosos zapatos negros, camisa azul celeste a rayas amarillas, corbata de seda amarilla de satÃn dorado, tirantes azules, reloj y anteojos. ParecÃa todo un ganster de Chicago. Ya en el centro, dejó el auto en un aparcamiento público, y caminó hacia la plaza de armas, dirección oriente a poniente.
El sol brillaba como nunca, los árboles en la acera lucÃan su verde brillante coronando de sombra fresca la calle. Al salir del aparcamiento, nuestro héroe se hizo el desentendido para ganar tiempo y ver pasar a una hermosa mujer que habÃa llamado su atención. Ella usaba un vestido de una sola pieza, entallado; con la elasticidad de las fibras sintéticas modernas, pero con un brillo como de terciopelo. En su escote se asomaban dos poderosos imanes, redondos y perfectos, y sus piernas, largas y blancas, eran como las carreteras en invierno, con el anhelo de encontrar al final del camino el alivio de un fuego nuevo.
Un local de la cuadra tenÃa un par de bocinas fuera del establecimiento, con el radio puesto a un buen volumen, fuerte y claro, un paso de baterÃa bastante consistente y un bajeo pegajoso se escuchaba mientras la locutora anunciaba “Billy Jean” de Michael Jackson. En su camino se cruzó un “bolero“, un limpiador de calzado; con la piel tostada de trabajar bajo el sol, sus dientes amarillo pálido en un abanico alegres se extendÃan; cuando el bolero, en esa jerga incomprensible y a la vez perfectamente clara con que se expresa el mexicano, gritó sonriendo:
– Quiubo, ¿hay o no hay? – dirigiéndose a los franeleros que se hallaban platicando en la otra acera.– Pus ya ves que yes, aquà estamos –contestó uno del grupo– ¡jodidos pero contentos!
– ¡A güevo!– asintió el bolerito.
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